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La quinta loba.

La quinta loba.

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 ¡Hip!


Victoria, cuchara de madera en mano, se dispuso a remover la humeante cazuela que burbujeaba sobre el fuego. Llevaba horas en la cocina preparando comida para toda la semana. De vez en cuando, pegaba pequeños sorbos de un espectacular vino francés que le amenizaban la tarea. Probó sus lentejas y se apoyó en la encimera para apurar su copa, mirando satisfecha por la puerta de cristal que daba al patio trasero. 
Un extraño sonido le alertó, como el crujido de unas ramas. Apoyó la bebida en la mesa, junto a la botella, y secó sus manos en el mandil de cuadros atado a su cintura. Inmóvil, agudizó la escucha y un segundo sonido de pisadas le confirmaron lo que más se temía: alguien estaba fuera, en su patio.
Miró sus zapatillas de casa desgastadas pensando en correr, su cabeza giró buscando un cuchillo, algo con lo que defenderse. 
Las pisadas se escuchaban cada vez más cerca hasta que vio plantarse justo delante de la puerta a un hombre encapuchado con un hacha en la mano. 
Los nervios hicieron que de un codazo Victoria tirara la copa y la botella al suelo, que resbalara y la cazuela de lentejas se le vertiera encima. Cayó abrasada sobre los cristales rotos que atravesaron su cabeza, haciendo que el rojo del vino se mezclara con el de su sangre.
El hombre en el patio se quitó entonces su capucha, consternado por lo que acababa de contemplar: era su marido. 
—¡Victoria! —gritó sollozando, dejándose caer de rodillas.
«Cómo explico yo ahora que solo quería quitarte el hipo».


Balta M.R



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 TEPT


Muchos soldados, y otros profesionales, tratan el tema en sus reuniones, hablan de ello con naturalidad e intentan superar sus días como pueden. Me refiero al TEPT: trastorno de estrés postraumático. La ansiedad, la angustia y el estrés nos comen por dentro, lentamente, como los gusanos cuando engullen carne podrida. ¿Cómo pretenden que después de vivir tanta tensión tengamos una vida normal? 
Las pesadillas son recurrentes. No sé para los demás,  pero yo las tengo cuando consigo dormir algo, el resto de noches las paso con insomnio, mi nuevo compañero de piso. Mi psicólogo dice que no estoy solo, y que muchos compañeros lo sufren como yo, ¿debería consolarme eso? Es horrible que en cualquier momento un flashback te paralice. La irritabilidad continua y la preocupación intensa. Hablé con algunas personas en mi situación,  dicen ver la cara del enemigo cuando cierran los ojos: a mi me pasa también, con todos ellos. Debí haber hecho caso a mi madre y haber estudiado derecho en vez de magisterio.



Balta M.R
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 EL RESCATE


El sigilo se terminó cuando el dragón abrió los ojos. El príncipe desenvainó su espada desde el otro extremo de la sala, el roce del filo con la vaina de piel de búfalo produjo un golpe seco. Cogió del caballo el escudo y con movimientos lentos se acercó al dragón.
Sus escamas azules con los filos dorados se erizaron, aunque continúo tranquilo, tumbado y expectante. El polvo de las vidriosas ventanas apenas dejaba pasar algún rayo de sol, pero el amarillo de sus ojos suplía la falta de luz en la estancia.
A solo unos pasos del animal, el príncipe, con la mano temblorosa tras comprobar su tamaño, levantó la espada:

—Yo, el príncipe Alonso, hijo de Igor El Fuerte, primero de mi nombre, te condeno a morir. 

 Azotó fuerte sobre este sin éxito, palideciendo al ver la dureza de sus escamas,
y con la espada aún posada en su cuerpo le pareció ver algo imposible: el dragón le sonrió.
La bestia se levantó en un movimiento rápido haciendo caer al príncipe al suelo. Este, aferrado a su espada, se incorporó buscando refugio a tiempo para ver como su caballo huía relinchando, deshaciendo el camino hasta llegar a la entrada de palacio.
Corrió hacia el mismo pasillo que su blanco y pulcro corcel hasta llegar a unas escaleras. Inmóvil, ajustó su espalda a la pared, esperando que el dragón fuera lo suficientemente inútil como para no encontrarle. 
De forma sigilosa se asomó al hueco de la escalera para tratar de descubrir hacia dónde llegarían y, para su sorpresa, encontró a la princesa asomada a ellas. 
Era preciosa, justo como la había imaginado todos estos años en los que había soñado con matar al dragón, rescatarla y convertirla en su esposa. Su piel blanca y su trenzada melena rubia le hizo olvidar a la bestia. Le sonrió cuando vio como ella se llevó las manos a la boca y pegó un corto grito. El príncipe se giró alarmado para contemplar al dragón mirándole divertido:
—Hola principito —le dijo. 
El pestazo de su aliento hizo que Alonso tuviera que parpadear muy rápido, y tras recuperar por completo su visión, comenzó a correr escaleras arriba justo en el momento que el dragón las bañó de fuego. Sintió calor en su trasero, pero por fortuna no llegó a más. 
Las escaleras le condujeron a otro largo pasillo, cuyo suelo cubierto por una enorme alfombra roja, silenciaba las pisadas de todos los presentes. 
La princesa corría unos metros por delante de ambos, Alonso le gritaba que no tuviera miedo, que la salvaría, y el dragón, divertido, seguía sus pasos andando.
El príncipe vio como su futura amada se adentró en una habitación.
—¡Por aquí! —le gritó desde dentro.
Cruzó el umbral espada en mano y la contempló agazapada en un armario. 
—Aquí él no cabe —le susurró.
El príncipe, totalmente embelesado por su dulzura, tomó su mano y se metió con ella en el ropero de madera para descubrir que este no tenía trasera. Salieron andando por otra estancia de suelo empedrado.
—No se preocupe, mi dama —dijo besando al fin su mano— la sacaré de aquí sana y salva.
Pronunciadas dichas palabras, el dragón se acercó por su espalda y con sigilo, utilizó una de sus garras para arrancarle la cabeza. El cuerpo cayó a los pocos segundos, dejando eco en la habitación.
La bestia miró más de cerca la cabeza que aún sostenía en la mano, e hincó la uña en su cuello como si de un cubre uñas se tratase. Meneó el dedo divertido comprobando que su mandíbula se movía hacia arriba y hacia abajo, al unísono.
—No se preocupe, mi dama —dijo con una voz ridícula haciendo de ventrílocuo— la sacaré de aquí sana y salva.
La princesa comenzó a reír por la imitación.
—Empieza a resultar aburrido, ¿no crees? Cada vez nos duran menos —suspiró—, espero que no te canses de hacer esto nunca.
El dragón sacudió su garra para deshacerse de la cabeza y se acercó más para acariciar su mejilla.
—Jamás me cansaré de luchar para que podamos seguir juntos, mi amor. 
Y así, chapoteando sobre el charco de sangre del príncipe, ambos se fundieron en un beso de pasión.


Balta M.R


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 LAS COSAS COMO SON


Sé que muchos de ustedes critican mi estilo de vida, que les sería lícito acampar con pancartas y cancioncillas mientras se quitan los piojos unos a otros de esos enmarañados pelos que llevan. Pero oigan, que quieren que les diga, esto siempre ha funcionado así. Siempre ha habido unos más altos que otros, unos más guapos que otros y unos más ricos que otros. Y esto, permítanme ser rotundo, no va a cambiar. 
Ha funcionado así, y así funcionará.
Y sí, es cierto que soy el dueño de algunas personas, que tengo esclavos, ¿y saben por qué? Porque puedo.
Yo no he decidido nacer en la posición en la que estoy, simplemente he tenido esa suerte y trato de disfrutarla. Es más, considero que es mi deber amortizarla y mi obligación utilizarlos.
Tampoco nos llevemos las manos a la cabeza, señores, la esclavitud también tuvo sus beneficios:
  • Trajo consigo el descubrimiento de frutos y granos.
  • El índice de obesidad era infinitamente inferior al actual.
  • No existía prácticamente la diabetes.
  • No había sobrepoblación.

En fin, muchas ventajas.
Las de la esclavitud de hoy no son estas, seguro, pero tampoco me voy a poner a hacer yo tal lista, busquen ustedes sus propias conclusiones.
Y no seamos hipócritas, a todos nos gusta ir a Nueva York a hacernos fotitos en la pared de Wall Street, o a Washington, y posar delante de la casa blanca o el capitolio. ¿Y les recuerdo quien construyó todas esas cosas? 
El caso es que me gusta mi vida. Me gusta no tener que mover ni un músculo para tener comida. Qué haya personas pendientes de mí y de mis necesidades. 
Siempre se ha dicho que hay clases de tipo y tipos con clase, yo me considero de los segundos.
Les diré que incluso a veces permito que ellos me bañen, fíjese lo que le digo. Y lo hago casi como un favor, porque tienen ellos más roña de la que creen que me quitan a mi.
En cualquier caso siempre pueden elegir que tipo de vida quieren llevar, yo no voy a renunciar a la mía. 
Mis tareas para hoy son: tomar el sol, rascarme las uñas y esconderle algún juguete al perro del vecino. 
Nacer perro: ¡Esa sí que sería una maldición! y no ser uno de mis esclavos… Estoy seguro de que mis humanos me adoran y que también prefieren su servidumbre a ser un saco de huesos pulgoso.
¡Miau! 


Balta M.R

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NEUMONECTOMÍA

El paciente completamente sedado, estaba tumbado de lado sobre la sala de operaciones, su brazo derecho reposaba estirado y apoyado en su cabeza. Martín tenía los guantes ya empapados de sangre y aunque llevaba unas diez horas de trabajo a su espalda, procuraba poner toda la atención que su cansancio le permitía. 
Había hecho un corte quirúrgico entre dos costillas, esta era la mejor forma de tener acceso al pulmón.
Cómo pudo conectó algunos tubos de drenaje en el tórax para deshacerse de los líquidos que le quitaban visión. Esta vez estaba solo en la sala, no había enfermeras ni auxiliares, lo que lo complicaba todo.
Moverse por el habitáculo y tocar superficies con los mismos guantes que introducía en el cuerpo del paciente no era buena idea, aunque en esta ocasión no le quedaba más remedio. Tendría que confiar en aquello que se dice siempre acerca de la desinfección que hay dentro de un quirófano.
Desinfló el pulmón derecho para que el aire no supusiese un problema y lo extirpó. 
Cerró las costillas, los músculos y la piel con suturas. Tres horas después de que la operación empezara por fin podía darla por finalizada. 
Ojalá pudiera dejar de hacer estas cosas, encontrar otra manera. 
«Lo siento, hoy finaliza el plazo» pensó Martín observando al paciente «Y con esto pagaré lo que debo y me sobrará para algunas apuestas más»
Ahora tocaba la parte compleja, redactar un informe creíble para explicar porqué un hombre que venía con apendicitis volvía a casa con un pulmón menos. Por suerte sus veinte años de experiencia le avalan en estas situaciones.


Balta M.R

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NOA


Me apresuré a cerrar la puerta cuando vi a mi hermano sentado sobre la cama. Dejé la mochila del instituto encima de la silla del escritorio y saqué los libros que contenía en silencio, ignorándolo. 
—Hola —dijo Noa. 
Continué haciendo mis cosas, coloqué una botella de agua sobre la mesa y preparé el estuche de las gafas.
—¿No me vas a hablar?
Notaba su mirada atravesándome la nuca.
— Vete de aquí —murmuré mientras terminaba de colocar.
—¿Ni siquiera vas a mirarme a la cara?
Apreté mis puños con fuerza, clavando las uñas en las palmas de la mano, el dolor me ayuda a liberar tensión.
—¡Qué te largues de mi habitación!
—No pienso irme hasta que me mires.
Odiaba cuando Noa hacía eso, cuando me manipulaba para acabar consiguiendo lo que queria. Enfadado y sabiendo que no tenía muchas opciones, le fulminé con la mirada. Por algún motivo su aire despreocupado y su dulce cara despeinada me enfadó más aún.
—Buen chico —dijo Noa sonriendo—. No has hecho lo que te pedí. 
—Por favor, déjame en paz.
—Me lo prometiste.
—No puedo hacerlo —susurré sollozando.
—Usa tu balcón.
—¿Qué?
La conversación se vio interrumpida porque papá entró en la habitación alarmado y sin llamar.
—Hijo, ¿con quién hablas?
Miré a Noa de reojo, la estúpida sonrisa no se le borraba de la cara. 
—Con nadie —mentí.
Papá movía los ojos en todas direcciones buscando, cómo si así fuera a encontrar la respuesta.
—Cariño, sé que no te gusta que saque el tema, pero… Sigues tomándote la medicación, ¿verdad?
Noa continuaba sonriendo, se levantó de la cama y se acercó a mi.
—Dile lo que quieras hermano, sabes que esto no parará hasta que lo hagas. El accidente fue su culpa y tú me prometiste venganza. «Vida por vida» dijiste.
Papá, ajeno a la situación, me miraba desconcertado. 
—Sé que no te gusta, campeón, y que la nueva doctora no te cae bien, pero la condición de que hayas vuelto al instituto y estés en casa es que sigas con tus pastillas.
Asentí levemente sin mirarle a los ojos. 
Me dí la vuelta, andé hacia las puertas balconeras, las abrí y comencé a sollozar. Mi padre me miraba pasmado y expectante, con la frente arrugada.
—¿Qué haces? —preguntó.
Me apoyé en la barandilla y miré hacia abajo. 
«Doce pisos son más que suficientes», me convencí.
Miré a Noa que me observaba confuso. 
—Vida por vida, hermano. Por fin podrás dejarme en paz. 
Y salté. Rápido y decidido. A papá no le dio tiempo a moverse y Noa no pudo llegar a manipularme. De hecho no lo volverá a hacer jamás. 


Balta M.R

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EL ASCENSO


Con delicadeza, pellizqué la mejilla de María, mi compañera de trabajo:
—Al final el ascenso lo he conseguido yo. Te diría que lo siento, pero no es cierto.
María siempre solía tener la última palabra. En cada reunión, en cada discusión, en cada humillación… siempre la última palabra. Así que esperé, por si acaso esta vez no era la excepción. 
Finalmente, tras un largo silencio, cerré la puerta de la nevera.
《Después de celebrar mi merecido ascenso, llevaré la cabeza con el resto del cuerpo》.



Balta M.R


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 OTRO AÑO MÁS


¡Otro año más! 
        Es el momento de poner el equipo a punto: cojo el trapo para quitarle el polvo y remojo el hisopo para limpiar el visor. El respaldo para la película es la parte más propensa a almacenar ácaros, la limpio con cuidado para apoyar un nuevo carrete. 

        Mis hermanos dicen que estoy muy obsesionado con mi cámara y su mantenimiento, pero si por mí fuera no la usaría solo una vez al año.

        Hacer fotos siempre ha sido mi placer secreto. 
   Capturar una imagen, retratar a alguien en un papel, convirtiéndolo en un recuerdo inolvidable, imperecedero. Poseo una enorme colección de millones de fotografías, sin exagerar.
     Guardo mis preferidas en un cofre. Las demás cubren las paredes de mi desván. Me gusta sentarme a contemplarlas antes de dormir, me relaja. 

    Instantáneas de momentos efímeros que puedo revivir en mi cabeza si me concentro. Percibo hasta los olores de las habitaciones que salen en ellas, la sensación que tuve al hacerla, creo incluso poder tocar su suave piel. 
      Se puede transmitir tanto… con tan poco.
     Sueño con ellas y con sus protagonistas, me excita. Despierta un placer primario, sexual.

    Cuelgo la cámara de mi cuello y salgo dispuesto a subirme al camello. Miles de años continuando con la tradición y mis nervios se revolucionan como el primer día.
—¿Todo listo, Melchor? —me preguntan.
—Todo listo, Gaspar.
—¡Pues salgamos de Oriente! —grita Baltasar.

Y mis hermanos, mi cámara y yo ponemos rumbo a todos esos hogares donde aguardan mis modelos preferidos. Otro año más. 




Balta M.R

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 SIETE AÑOS


Hoy hace siete años de la catástrofe. Siete duros años. 
Al principio fue un completo infierno: los días eran eternos y yo no comprendía nada. 
No encontraba a nadie, ni vivo ni muerto, nadie. Por más que buscara y por más que viajara. Me dejé la voz gritando nombres y lágrimas, ahogando mi desesperación. 

Estaba completamente solo en el mundo y cuando digo solo y en el mundo, digo solo y en el mundo. 
Cogí diferentes coches, recorrí todo el país, incluso me aventuré a salir al resto de Europa. Los escenarios eran muy parecidos en todas las casas. En cada habitación, un suceso cotidiano que no había terminado de ejecutarse. 
Era… como si todo el mundo hubiera desaparecido a la vez de la faz de la tierra. Juntos, al unísono. «¡Flash!» Y se fueron. 
Mesas preparadas para sentarse a comer, coches en mitad de la carretera, tiendas abiertas, camiones a medio descargar, bañeras llenas de agua, el hilo musical funcionando en los centros comerciales. 

Al principio me lamentaba. ¿Qué habría pasado? ¿Por qué todos menos yo? ¿Qué iba a hacer a partir de ahora? Llegué hasta a pensar en el suicidio. Pero, con el paso del tiempo, después de asimilarlo, descubrí que no estaba tan mal estar solo: podía leer cuanto quisiera, no tenía que trabajar, ya no le tenía que pasar la pensión a la malnacida de mi ex. Las deudas no me ahogaban y mi jefe ya no existía.

Podía ir en pelotas al supermercado y pasar los días de verano acampado en el río, sin miedo alguno a que nadie me robara. Todos los recursos de la Tierra estaban aquí para mí.
Es curioso lo solo que me he sentido siempre rodeado de gente y lo bien que estoy ahora que abrazo a la soledad como a mi mejor amiga. 
Este último año he llegado a la conclusión de que no sería capaz de volver a la antigua normalidad, a vivir en aquella sociedad artificial que engendramos y que le quitaba al ser humano toda su parte animal.
Volví a ver todas aquellas películas y juegos en los que los protagonistas, tras vivir situaciones similares, enloquecían, hablaban con pelotas y maniquíes o ponían hincapié en la necesidad de crear una rutina. Gilipolleces todo, esto es lo mejor que me ha pasado en la puta vida. 

 A veces vengo aquí, al estadio de mi equipo. Me gusta tumbarme en el centro del campo a observar las estrellas. Me pregunto si he muerto y este es mi cielo.
Un sonido interrumpe mi tranquilidad, oigo una voz masculina.
Me resulta familiar, es cálida, acogedora y dice mi nombre. Miro hacia los lados y le grito a las estrellas preguntándoles a ellas. ¿Será Dios el que me habla?
La voz se mezcla con otras más, ya no entiendo lo que dice. El estadio está desapareciendo y otras imágenes inconexas se cruzan en mi cabeza. Me agarro del pelo tirando fuerte, me quiero sujetar, anclarme a donde estoy.
Todo se ha quedado oscuro, envuelto en un silencio que jamás olvidaré.
Escucho entonces alto y claro unas palabras, las que resultarán ser las últimas de mi vida, por lo visto:
—En presencia de la familia y tras firmar el consentimiento procedemos a desenchufar al paciente. Descanse en paz.




Balta M.R


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 PRUEBA 3025


—El paciente se retuerce, parece que está sufriendo. Grita, intenta arañarnos y se mueve sin parar. Está completamente descontrolado. No llega a articular palabra alguna, pero los sonidos de sus alaridos se asemejan a la palabra «para».
La doctora García pulsó el botón de pause de la grabadora para reflexionar sobre la situación. Observaba a su compañero de profesión Matías, quien se movía con cautela alrededor del paciente. Algo en su interior le decía que aquello no era correcto, que el que estaba tumbado y atado sobre la camilla no lo estaba pasando bien.
Veía el dolor en sus ojos y se contuvo hasta que no aguanto más:
—¡Para! ¡Le estás haciendo daño!
—Este es el procedimiento doctora, lo conoce bien. 
—¡He dicho que pares! ¿No ves que sufre?
—No me digas que después de todo, este malnacido le da pena.
—Lo que te digo es que yo no me olvido de mi código ético.
—¡Por favor doctora, haga su labor! Siga documentando y déjeme trabajar tranquilo.

Poco convencida continuó observando y narrando la situación. García confiaba plenamente en Matías, pero no siempre estaba de acuerdo con sus métodos.
—Los chillidos del paciente no cesan. El doctor Matías procede ahora a pincharle 25 miligramos de la sustancia experimental que incluye la modificación número 3025. Clava la aguja con dificultad para inyectar en el cuerpo los veinticin… treinta y d .. cincuenta… ¡Por favor para!, ¡lo vas a matar!

García tiró la grabadora sobre la mesa y se abalanzó sobre su compañero por la espalda. La aguja continuaba clavada en el cuerpo del paciente mientras los doctores forcejeaban. Matías trataba de llegar hasta él con García subida en su chepa, rodeándole con las piernas y aprisionándole la garganta. 
Por el camino, varios utensilios cayeron al suelo. Dando vueltas y luchando entre ellos, Matías se giró con fuerza contra la pared, provocando que la doctora cayera al suelo.
Esta, aún con fuerzas, le agarró por las piernas haciendo que cayera de bruces, Matías se llevó las manos a la cara notando un incesante calor alrededor de la boca: estaba cubierto de sangre, debía haberse roto la nariz. 
Como pudo, avanzó arrastrándose por el suelo mientras pataleaba para librarse de García. Se consiguió incorporar y apretando con el pulgar terminó de inyectar el líquido en el cuerpo del paciente. 
—¡Noooo! ¿Qué has hecho? —García se lamentaba entre sollozos tumbada en el suelo.
Ambos miraban el monitor de latidos sin esperanzas de ver alteraciones en el electrocardiograma.
—¿Por qué te importa tanto? Hemos hecho estas mismas pruebas con otros 3024. ¡Estoy harto ya!
García se sentó llevándose las manos a la cabeza.
—Estaba tan convencida de que esta vez las medidas eran las justas que escogí a mi marido para la prueba. ¡Y tú no has respetado las medidas!
—¿El que está aquí tumbado es tu marido?
García balbuceó algo y asintió afligida.
En un arrebato se levantó en busca de la grabadora, se puso delante de la camilla y comenzó a hablar entre sollozos:
—¡Lo ha matado! ¡El doctor Matías lo ha matado! —lamentaba a gritos. 
Matías la miraba sorprendido:
 —¿Le has mantenido encerrado durante todos estos años?
—Esto ya no tiene ningún sentido —susurró García.


La doctora sacó una pistola del cajón del escritorio y posteriormente se suicidó. Fue una lástima que no esperara unos minutos para ver cómo el cuerpo devolvía variaciones en el electrocardiograma, para ver cómo gracias a la irracional prueba que había hecho Matías inyectando una dosis mucho más grande, habían descubierto, por fin, la vacuna para los zombies.


Balta M.R



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 DESAPARECIDA

  Imprimir, recoger folios y apilarlos. Imprimir, recoger folios y apilarlos. Imprimir, recoger folios y apilarlos. Todas las mañanas imprimiendo folios y apilándolos. Folios con la foto de mi mujer, con mi número de teléfono y un gran título en la parte superior: DESAPARECIDA.

        Y por las tardes salimos a colgarlos en árboles, en farolas, en fachadas, toda la ciudad se ha involucrado, hasta la televisión local está detrás del caso.

        Me reúno con todos, participo en las batidas de los alrededores, incluso entrevistas he hecho, todo lo que sea necesario para mantenerlos alejados de mi sótano. No me quejaré, al menos estoy entretenido. 

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Balta M.R






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LA NIÑA DEL SEGUNDO A

Por fin ha llegado el sábado, son las doce y media de la mañana y solo quedan unos minutos para que Clarita vuelva de comprar el pan, para que aparezca dando sus característicos saltitos haciendo rebotar los pompones de sus botas rosas. Sueño con esas botas desde el día en que comencé mi plan. Después de un mes observando desde la ventana he interiorizado cada movimiento que hace. El ondeo del lazo de su coleta, el descosido de sus guantes de colores y su bonita sonrisa a la que cada semana le falta algún diente diferente. 
— Quizás esta noche venga el ratoncito Pérez —me dice cada vez que la veo.
A mis cincuenta y dos años no recuerdo haber visto jamás a una niña tan dulce y bonita. Acaba de llegar a la calle, la veo si aparto ligeramente las cortinas. Busco rápido las llaves para bajar y alcanzarla en el portal, necesito hacerlo de forma rápida, sin que los vecinos de enfrente, sus padres, nos oigan. 
Cierro sigilosamente la puerta de mi piso rezando para mí porque la niña no diga nada «que no grite por favor, que no se asuste».
Bajo rápido las escaleras y veo que ya ha entrado al portal, llego justo antes de que la pesada puerta de hierro haga ruido alguno. Ayudo a cerrarla sigilosamente, con mis manos sudadas y el corazón en la garganta. 
— Buenos días, Ricardo —dice Clarita.
La dulce clarita. 
La cojo del brazo y le pido que venga conmigo al cuarto de contadores. 
— ¿Confías en mí? —Le pregunto tembloroso.
Tanto tiempo esperando y por fin estaba aquí, conmigo.
La niña asiente despacio, se ha puesto muy seria, no descarto que en cualquier momento se ponga a gritar. 
—Clara necesito que no cuentes nada a nadie de lo que va a pasar aquí, ¿de acuerdo? Ni siquiera a tus papás.
Los grandes ojos de Clarita me observan con atención
— Remángate el vestido —le pido. 
Sus ojos se inundan de lágrimas, pero no emite sonido alguno. 
—Clara remángate el vestido no tenemos tiempo. 
Despacio, con miedo, Clarita me deja ver su piel y me confirma mis peores sospechas. 
Ahora el que llora soy yo, mientras me agacho y la abrazo, siento su fragilidad, su miedo, aun sabiendo lo que ocurre me impacta ver su piel magullada y morada. Demasiadas heridas para tan pocos años.
—La policía está apunto de entrar en casa de tus padres pequeña, lo hará unos minutos después de que llegues tú. Puedes estar tranquila, ya se ha acabado todo.
 «Te prometo que esos hijos de puta jamás te volverán a poner una mano encima»

Balta M.R



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Sobre mí

Balta M.R

¡Hola, bienvenid@ a mi blog! Mi nombre es Balta. He decidido crear este rinconcito para publicar mis relatos. Si me preguntas sobre que escribo contestaré que sobre lo que me apetece. No me define un género, escribo para disfrutar, expresarme y vaciarme por dentro. Esta es mi mejor terapia y es por ello que podrás encontrar historias muy variadas por estos lares. Muchas gracias por dedicar algo de tú tiempo en estos momentos en los que la vida va tan acelerada y es tan complicado prestarle atención a pequeñas cosas, como es este blog. Espero que disfrutes leyendo tanto como yo creando.

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