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La quinta loba.

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 SIETE AÑOS


Hoy hace siete años de la catástrofe. Siete duros años. 
Al principio fue un completo infierno: los días eran eternos y yo no comprendía nada. 
No encontraba a nadie, ni vivo ni muerto, nadie. Por más que buscara y por más que viajara. Me dejé la voz gritando nombres y lágrimas, ahogando mi desesperación. 

Estaba completamente solo en el mundo y cuando digo solo y en el mundo, digo solo y en el mundo. 
Cogí diferentes coches, recorrí todo el país, incluso me aventuré a salir al resto de Europa. Los escenarios eran muy parecidos en todas las casas. En cada habitación, un suceso cotidiano que no había terminado de ejecutarse. 
Era… como si todo el mundo hubiera desaparecido a la vez de la faz de la tierra. Juntos, al unísono. «¡Flash!» Y se fueron. 
Mesas preparadas para sentarse a comer, coches en mitad de la carretera, tiendas abiertas, camiones a medio descargar, bañeras llenas de agua, el hilo musical funcionando en los centros comerciales. 

Al principio me lamentaba. ¿Qué habría pasado? ¿Por qué todos menos yo? ¿Qué iba a hacer a partir de ahora? Llegué hasta a pensar en el suicidio. Pero, con el paso del tiempo, después de asimilarlo, descubrí que no estaba tan mal estar solo: podía leer cuanto quisiera, no tenía que trabajar, ya no le tenía que pasar la pensión a la malnacida de mi ex. Las deudas no me ahogaban y mi jefe ya no existía.

Podía ir en pelotas al supermercado y pasar los días de verano acampado en el río, sin miedo alguno a que nadie me robara. Todos los recursos de la Tierra estaban aquí para mí.
Es curioso lo solo que me he sentido siempre rodeado de gente y lo bien que estoy ahora que abrazo a la soledad como a mi mejor amiga. 
Este último año he llegado a la conclusión de que no sería capaz de volver a la antigua normalidad, a vivir en aquella sociedad artificial que engendramos y que le quitaba al ser humano toda su parte animal.
Volví a ver todas aquellas películas y juegos en los que los protagonistas, tras vivir situaciones similares, enloquecían, hablaban con pelotas y maniquíes o ponían hincapié en la necesidad de crear una rutina. Gilipolleces todo, esto es lo mejor que me ha pasado en la puta vida. 

 A veces vengo aquí, al estadio de mi equipo. Me gusta tumbarme en el centro del campo a observar las estrellas. Me pregunto si he muerto y este es mi cielo.
Un sonido interrumpe mi tranquilidad, oigo una voz masculina.
Me resulta familiar, es cálida, acogedora y dice mi nombre. Miro hacia los lados y le grito a las estrellas preguntándoles a ellas. ¿Será Dios el que me habla?
La voz se mezcla con otras más, ya no entiendo lo que dice. El estadio está desapareciendo y otras imágenes inconexas se cruzan en mi cabeza. Me agarro del pelo tirando fuerte, me quiero sujetar, anclarme a donde estoy.
Todo se ha quedado oscuro, envuelto en un silencio que jamás olvidaré.
Escucho entonces alto y claro unas palabras, las que resultarán ser las últimas de mi vida, por lo visto:
—En presencia de la familia y tras firmar el consentimiento procedemos a desenchufar al paciente. Descanse en paz.




Balta M.R


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 PRUEBA 3025


—El paciente se retuerce, parece que está sufriendo. Grita, intenta arañarnos y se mueve sin parar. Está completamente descontrolado. No llega a articular palabra alguna, pero los sonidos de sus alaridos se asemejan a la palabra «para».
La doctora García pulsó el botón de pause de la grabadora para reflexionar sobre la situación. Observaba a su compañero de profesión Matías, quien se movía con cautela alrededor del paciente. Algo en su interior le decía que aquello no era correcto, que el que estaba tumbado y atado sobre la camilla no lo estaba pasando bien.
Veía el dolor en sus ojos y se contuvo hasta que no aguanto más:
—¡Para! ¡Le estás haciendo daño!
—Este es el procedimiento doctora, lo conoce bien. 
—¡He dicho que pares! ¿No ves que sufre?
—No me digas que después de todo, este malnacido le da pena.
—Lo que te digo es que yo no me olvido de mi código ético.
—¡Por favor doctora, haga su labor! Siga documentando y déjeme trabajar tranquilo.

Poco convencida continuó observando y narrando la situación. García confiaba plenamente en Matías, pero no siempre estaba de acuerdo con sus métodos.
—Los chillidos del paciente no cesan. El doctor Matías procede ahora a pincharle 25 miligramos de la sustancia experimental que incluye la modificación número 3025. Clava la aguja con dificultad para inyectar en el cuerpo los veinticin… treinta y d .. cincuenta… ¡Por favor para!, ¡lo vas a matar!

García tiró la grabadora sobre la mesa y se abalanzó sobre su compañero por la espalda. La aguja continuaba clavada en el cuerpo del paciente mientras los doctores forcejeaban. Matías trataba de llegar hasta él con García subida en su chepa, rodeándole con las piernas y aprisionándole la garganta. 
Por el camino, varios utensilios cayeron al suelo. Dando vueltas y luchando entre ellos, Matías se giró con fuerza contra la pared, provocando que la doctora cayera al suelo.
Esta, aún con fuerzas, le agarró por las piernas haciendo que cayera de bruces, Matías se llevó las manos a la cara notando un incesante calor alrededor de la boca: estaba cubierto de sangre, debía haberse roto la nariz. 
Como pudo, avanzó arrastrándose por el suelo mientras pataleaba para librarse de García. Se consiguió incorporar y apretando con el pulgar terminó de inyectar el líquido en el cuerpo del paciente. 
—¡Noooo! ¿Qué has hecho? —García se lamentaba entre sollozos tumbada en el suelo.
Ambos miraban el monitor de latidos sin esperanzas de ver alteraciones en el electrocardiograma.
—¿Por qué te importa tanto? Hemos hecho estas mismas pruebas con otros 3024. ¡Estoy harto ya!
García se sentó llevándose las manos a la cabeza.
—Estaba tan convencida de que esta vez las medidas eran las justas que escogí a mi marido para la prueba. ¡Y tú no has respetado las medidas!
—¿El que está aquí tumbado es tu marido?
García balbuceó algo y asintió afligida.
En un arrebato se levantó en busca de la grabadora, se puso delante de la camilla y comenzó a hablar entre sollozos:
—¡Lo ha matado! ¡El doctor Matías lo ha matado! —lamentaba a gritos. 
Matías la miraba sorprendido:
 —¿Le has mantenido encerrado durante todos estos años?
—Esto ya no tiene ningún sentido —susurró García.


La doctora sacó una pistola del cajón del escritorio y posteriormente se suicidó. Fue una lástima que no esperara unos minutos para ver cómo el cuerpo devolvía variaciones en el electrocardiograma, para ver cómo gracias a la irracional prueba que había hecho Matías inyectando una dosis mucho más grande, habían descubierto, por fin, la vacuna para los zombies.


Balta M.R



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 DESAPARECIDA

  Imprimir, recoger folios y apilarlos. Imprimir, recoger folios y apilarlos. Imprimir, recoger folios y apilarlos. Todas las mañanas imprimiendo folios y apilándolos. Folios con la foto de mi mujer, con mi número de teléfono y un gran título en la parte superior: DESAPARECIDA.

        Y por las tardes salimos a colgarlos en árboles, en farolas, en fachadas, toda la ciudad se ha involucrado, hasta la televisión local está detrás del caso.

        Me reúno con todos, participo en las batidas de los alrededores, incluso entrevistas he hecho, todo lo que sea necesario para mantenerlos alejados de mi sótano. No me quejaré, al menos estoy entretenido. 

Imprimir, recoger folios y apilarlos. Imprimir, recoger folios y apilarlos.



Balta M.R






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LA NIÑA DEL SEGUNDO A

Por fin ha llegado el sábado, son las doce y media de la mañana y solo quedan unos minutos para que Clarita vuelva de comprar el pan, para que aparezca dando sus característicos saltitos haciendo rebotar los pompones de sus botas rosas. Sueño con esas botas desde el día en que comencé mi plan. Después de un mes observando desde la ventana he interiorizado cada movimiento que hace. El ondeo del lazo de su coleta, el descosido de sus guantes de colores y su bonita sonrisa a la que cada semana le falta algún diente diferente. 
— Quizás esta noche venga el ratoncito Pérez —me dice cada vez que la veo.
A mis cincuenta y dos años no recuerdo haber visto jamás a una niña tan dulce y bonita. Acaba de llegar a la calle, la veo si aparto ligeramente las cortinas. Busco rápido las llaves para bajar y alcanzarla en el portal, necesito hacerlo de forma rápida, sin que los vecinos de enfrente, sus padres, nos oigan. 
Cierro sigilosamente la puerta de mi piso rezando para mí porque la niña no diga nada «que no grite por favor, que no se asuste».
Bajo rápido las escaleras y veo que ya ha entrado al portal, llego justo antes de que la pesada puerta de hierro haga ruido alguno. Ayudo a cerrarla sigilosamente, con mis manos sudadas y el corazón en la garganta. 
— Buenos días, Ricardo —dice Clarita.
La dulce clarita. 
La cojo del brazo y le pido que venga conmigo al cuarto de contadores. 
— ¿Confías en mí? —Le pregunto tembloroso.
Tanto tiempo esperando y por fin estaba aquí, conmigo.
La niña asiente despacio, se ha puesto muy seria, no descarto que en cualquier momento se ponga a gritar. 
—Clara necesito que no cuentes nada a nadie de lo que va a pasar aquí, ¿de acuerdo? Ni siquiera a tus papás.
Los grandes ojos de Clarita me observan con atención
— Remángate el vestido —le pido. 
Sus ojos se inundan de lágrimas, pero no emite sonido alguno. 
—Clara remángate el vestido no tenemos tiempo. 
Despacio, con miedo, Clarita me deja ver su piel y me confirma mis peores sospechas. 
Ahora el que llora soy yo, mientras me agacho y la abrazo, siento su fragilidad, su miedo, aun sabiendo lo que ocurre me impacta ver su piel magullada y morada. Demasiadas heridas para tan pocos años.
—La policía está apunto de entrar en casa de tus padres pequeña, lo hará unos minutos después de que llegues tú. Puedes estar tranquila, ya se ha acabado todo.
 «Te prometo que esos hijos de puta jamás te volverán a poner una mano encima»

Balta M.R



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El lagartosaurio ya ha llegado a la ciudad. Ha pasado justo al lado del edificio de Hacienda por lo que calculo que mide unos veinticinco metros aproximadamente. Tiene unas grandes y arqueadas patas cubiertas de escamas, y una larga cola que ocupa toda la avenida principal.
Cuando lo dijeron en las noticias nadie creyó que tal bestia pudiera existir y ahora estaba ahí delante, tan cerca que parecía poder tocarla con los dedos.
Pisa y aplasta los coches cómo si de bricks de zumo se tratase. La gente grita a mi alrededor, algunos de miedo, otros tienen una especie de risa nerviosa.
Justo enfrente de mí el monstruo le ha arrancado la cabeza de cuajo a una señora mayor, ha sonado como si una persona se crujiera todos los nudillos a la vez. Casi puedo sentir el olor a hierro de la sangre.
Se le ve nervioso, mira en todas las direcciones buscando algo, me inquieta, ¿Qué sucederá si me ve?
Ha levantado el autobús qué venía por la esquina, ha abierto la boca y se ha tragado a cada pasajero, casi sin pestañear.
Mi respiración se acelera, parece haberme escuchado. Me tapo la boca con la mano derecha en el momento en que él se gira de forma brusca y clava sus ojos en mi. Avanza corriendo, a cada paso,  los pocos coches que quedan aparcados se levantan unos palmos del suelo, el peso del animal debe de ser estrambótico.
No hay nada que hacer, me ha alcanzado, abre las fauces con todas esas hileras de dientes y me paralizo viendo como se acercan hacia mí. Cierro los ojos y espero.
— ¿Has visto eso Mauri?— me grita mi amigo— ¡Parecía que nos iba a comer de verdad!
Al menos él parece disfrutar de la dichosa película 3d, la próxima vez elegiré yo, sin duda.


Balta M.R



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NOCHE LOCA

Ramón despertó parpadeando lento, aturdido. Miró hacia su izquierda, una mujer de brillante melena roja apoyaba la cabeza sobre su brazo. Bostezó intentando recordar cómo había terminado la noche. Giró la cabeza hacia su derecha, un chico joven, bastante más joven que él de cabello rubio rapado, muy atractivo, ocultaba su otro brazo. Intentó levantarse despacio, sacando lentamente las extremidades que abrazaban a aquellos cuerpos desnudos. Casi como si tratara de no despertarlos. Un fuerte dolor de cabeza le recordó la gran ingesta de alcohol de la noche anterior y un nauseabundo olor terminó de despertarlo. ¿Acaso se había meado encima? ¿O eran sus acompañantes?
Sentado en la fría mesa miraba por toda la habitación. «Debería recoger antes de que llegue Mercedes» pensó. 
            Tiró de la sábana blanca que los envolvía a los tres escabulléndose por debajo. «¿Dónde narices está mi ropa?» Su cabeza daba tantas vueltas que apenas podía mantenerse en pie. Buscaba con la mirada, girando la cabeza despacio, no descartaba perder el conocimiento en cualquier momento.
Cuando por fin terminó de girar sobre sí mismo, vio sus pantalones marrones y una camisa en el perchero del fondo de la habitación. Se apresuró a vestirse todo lo rápido que su resaca le permitía.
Divisó en la esquina una papelera cubierta por una bolsa verde que solo contenía algún papel arrugado, la sacó con cuidado y la utilizó para recoger los restos de la noche anterior. «Cómo Mercedes llegue antes de tiempo… tenía que haberme puesto un despertador» Sonrió pensando en que la noche se le había dado demasiado bien como para que se le ocurriese poner alarma alguna.
            Recogió las botellas que había por el suelo, vacío el cenicero, tiró el bote de nata montada y el de chocolate líquido, los preservativos aparentemente usados, por fortuna. Abrió la ventana para que aquello se ventilara, no mucho, si no Mercedes lo notaría. Al lado del rubio, había un consolador pequeño, morado, ese lo guardó en un bolsillo ya lo lavaría cuando llegara a casa, después de su jornada laboral. Fue hasta el fregadero y se lavó la cara, se echó un poco de agua por la nuca, que no le alivió tanto como esperaba.
            Un par de gárgaras después se dio por listo. Se puso su bata, colocó la etiqueta correspondiente en el pie de sus acompañantes, pasó los cuerpos de la mesa a las camillas y los llevó a sus cubículos correspondientes. Mercedes entró justo después, cuando cerraba la metálica puerta del congelador de la pelirroja:
—No me digas que te has vuelto a pasar toda la noche trabajando. 
Ramón asintió en silencio aguantando un reflujo con sabor a whiskey
»Deberías descansar más, tienes un aspecto horrible—le dijo.
—Ya sabes lo que dicen querida: la única forma de hacer un gran trabajo es… amar lo que haces.

 


Balta M.R


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¡Hola! Hoy traigo un relato un poco diferente a los habituales. El 10/02/2022 salió el fallo del primer concurso de relatos que realizó Ediciones Nogal en Wattpad y he tenido la tremenda suerte de ganarlo. Me ha hecho una ilusión terrible y por ello he decidido dejarlo en el blog esta semana.

    El concurso consistía en escribir un relato limitado a una extensión de palabras, debía además empezar con la frase El desierto terminar con la frase se lo tragó el hielo y el palabra sirena resultara relevante en la historia.
    Espero que te guste, cualquier comentario que me ayude a mejorar es bien recibido 


                         EL MISTERIOSO MERCADER 


      
    —El desierto no es siempre tan seco como parece.

    —¿Qué quiere decir exactamente? 

    —Quiero decir que tal vez esto no fuera un robo, quizás a su hermano lo hayan asesinado por un ajuste de cuentas y el botín haya sido un regalo que el autor se ha encontrado sin buscarlo. 

    —¡Pamplinas! ¿Quién va a querer asesinar a este malnacido? ¿Y qué le hace pensar que voy a dejar que se ponga al mando de la investigación? 

    El señor Garaban mostraba su enfado dando un par de secos golpes con su bastón de madera de palisandro. El polvo que se levantaba de las tablillas le daba un aspecto aún más lúgubre, si cabía, al escenario del asesinato.

    —Maese Garaban, no nos conocemos, pero tal y como yo lo veo se le presentan dos opciones—Charles utilizó el encendedor de plata para prender su puro— puede ir a caballo hasta el capitolio en plena helada para avisar al comisario, dejando posiblemente que el ladrón escape, o puede confiar en mí y dejar que atrape al malnacido que ha asesinado y robado a su hermano. 

    La familia del señor Garaban había regentado el negocio de creación y venta de relojes durante varias generaciones, haciendo de él un hombre desconfiado por naturaleza. Sin embargo, el tiempo resultaba crucial a la hora de encontrar a un ladronzuelo. Estaban demasiado lejos del capitolio para que alguien llegara antes de que ese ratero se refugiara en alguna guarida de ladrones. Movía su bigote gris sopesando los acontecimientos. Sabía que ese viaje tan lejos de la ciudad para la reunión con el misterioso mercader no iría bien. «¡Este hombre es un necio! Vende la mercancía a mitad de precio» le dijo su hermano para terminar de convencerle, y ahora él estaba muerto y se habían quedado sin el dinero que llevaban para pagar el género. 

    —No aparenta ser investigador, señor Charles. ¿Por qué debería dejar que me ayude? 

  —Porque soy el único que ha venido en su auxilio y me he criado aquí. Conozco perfectamente la zona, señor.

    —No tengo muchas más opciones, pues. Charles salió de la casa alquilada donde se había producido el homicidio. 

Hizo un gesto para que Garaban lo siguiera. Fuera la nieve y el hielo lo cubrían todo. Charles llegó hasta un carruaje de toldo negro, desabrochó su capa y abrió la puerta. Garaban, sombrero de copa en mano se sentó intrigado por el destino del viaje. 

    —Fuerte temporal el que tienen aquí. 

   —Hiela todo el año.—dijo Charles.

   —No creo que sea el momento de que me enseñe el lugar.

   —No haremos turismo señor, vamos a ver a Sirena. El traqueteo de las ruedas y el sonido de las coces quería decir que estaban en marcha. 

   —¿Quién es ese tal Sirena? 

   —Esa, maese Garaban: es una dama. No pasa nada por estos lares que no sea sabido por Sirena. 

    —¿Una mujer al frente? 

  Garaban bufó. 

 Charles sonrió. 《Si este viejo supiera...》 

    —¿Y a qué se dedica? 

    —A todo y a nada. 

    —Una respuesta muy vaga, señor Charles. 

   —Sirena es una mujer que hace de todo: es comerciante, informadora… consigue lo que necesites, todas las bandas acuden a ella, es realmente buena. 

    El señor Garaban sujetaba su bastón firme sobre el suelo del carruaje. No le convencía mucho eso de la tal Sirena. Las mujeres en puestos de hombres no suelen dar más qué problemas. 

    —Disculpe mi osadía—comenzó Charles— pero no parece muy afligido por la pérdida de su hermano. Deduzco… una mala relación, ¿tal vez? 

    Garaban levantó la ceja. La insinuación le pareció descarada, pero si este hombre le iba a ayudar a llegar hasta su dinero no le quedaba más remedio que darle algo de información. 

    —Mi hermano era un ignorante, y yo un ingenuo por dejarme embaucar en este viaje. Ese es el verdadero motivo de su muerte. La parte más cara de fabricar relojes—explicaba Garaban— es la materia prima. Recibimos una carta en la relojería para reunirnos con un mercader desconocido y prometedor que ofrecía unos precios de escándalo. 

    —Comprendo. Así que… venden relojes. Garaban asintió. —Siempre me han fascinado. ¿No llevará alguno encima que sea de su propia creación? Por casualidad. 

    El señor Garabán abrió su capa y del bolsillo izquierdo de su chaleco sacó un precioso reloj de berilo dorado. Los ojos de Charles se abrieron a la vez que el carruaje paraba en seco. 

    —Ya hemos llegado. 

    Ambos bajaron y pasaron a una taberna cuya entrada se encontraba escondida en un callejón cercano. Sirena esperaba en la barra de pie, dando sorbos a una copa. El tono sosegado de Charles cambió al entrar al local. Sirena hizo un gesto y un hombre fornido se colocó frente a la puerta de entrada, Garaban comenzaba a inquietarse. Sirena se acercó contoneándose, terminó su bebida de un trago y le dio la copa vacía a Charles. 

    —¿Qué ha pasado?—preguntó Sirena sin quitar la vista del señor Garaban.

  —Nos hemos equivocado de hombre. El que nos interesaba era su hermano, aquí presente. 

     —¿Qué sucede aquí Charles? 

    Garaban pasaba la mirada de uno a otro sin entender nada. 

 —Me da igual el hombre—Sirena sacó una daga escondida en su pierna y la levantó en dirección a Charles—¿Dónde está mi maldito reloj? Garaban buscó una salida instintivamente. 

    —Por favor, señor Garaban ábrase la capa y dele el reloj a la señorita. 

    Sin esperar reacción alguna, Sirena acercó su cuchillo a la garganta de Garaban. 

    —Mi señora el reloj es una herencia familiar, por favor… 

     Garaban intentó suplicar por su vida, pero vio en sus ojos que era una inútil tarea. 

 —Os encontrarán —dijo derramando lágrimas— Alguien os buscará cuando haya desaparecido o hallen el cuerpo de mi hermano. 
La sangre negra brotaba por su garganta levemente hasta que Sirena terminó por hundir la daga. 
   —Ya no hay cuerpo— miró a Charles que confirmó asintiendo a sus sospechas— Es la ventaja de nuestro clima podemos decir que el hielo se lo tragó. 



 Balta M.R
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Sobre mí

Balta M.R

¡Hola, bienvenid@ a mi blog! Mi nombre es Balta. He decidido crear este rinconcito para publicar mis relatos. Si me preguntas sobre que escribo contestaré que sobre lo que me apetece. No me define un género, escribo para disfrutar, expresarme y vaciarme por dentro. Esta es mi mejor terapia y es por ello que podrás encontrar historias muy variadas por estos lares. Muchas gracias por dedicar algo de tú tiempo en estos momentos en los que la vida va tan acelerada y es tan complicado prestarle atención a pequeñas cosas, como es este blog. Espero que disfrutes leyendo tanto como yo creando.

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